GRUPOS DE APOYO PARA QUIENES ASISTEN A ENFERMOS AGONIZANTES:
ALGUNOS ASPECTOS A CONSIDERAR


INTRODUCCIÓN

Cada vez son más los estudios que promulgan la necesidad de crear grupos de apoyo para las personas involucradas en el cuidado de enfermos agonizantes y sus familiares, pues dicho trabajo requiere atención física, psicológica y espiritual a personas que sufren con la consiguiente incapacidad para asumir responsabilidades y desempeñar tareas.

La enfermera como miembro del equipo asistencial puede sentirse beneficiada al formar parte de un grupo de apoyo como “lugar de encuentro” en el que expresar sus inquietudes, miedos y fantasías, ya que aunque conozca bien los mecanismos de la agonía y sufrimiento humanos nunca está lo bastante preparada para hacerle frente. El nivel de atención al paciente, familia y allegados mejorará ayudándola a la vez a reconocer en sí misma, síntomas de desgaste y ser alentada a desarrollar habilidades para el manejo de la ansiedad, previniendo el “burn out” (quemarse) además de promover el autodescubrimiento.

Todos los miembros de un grupo de apoyo deben tener en cuenta algunos elementos que configuran su estructura, a la vez de discutirlos y aceptarlos, haciendo de este modo más fluida y dinámica la comunicación del grupo. 

Debéis saber sufrir: sabiendo sufrir se sufre menos.

A. France 


EXPOSICIÓN DEL TEMA 

Cada vez son más los autores que defienden que, como profesionales, alumnos o voluntarios , aquellos cuyo trabajo involucra la atención psicológica de otros, necesitan descargarse emocionalmente a través de un grupo de apoyo; Payne y Cozens (1987), Nichols (1988), Sherr (1989), Serdahely (1992). De hecho la integración en grupos de apoyo ha de considerarse más urgente para quienes asisten a personas que enfrentan pérdidas importantes, que sufren y agonizan. Aunque en nuestros días están siendo unificados los avances en la comprensión de los procesos de agonía y duelo sin embargo no lo ha sido el conocimiento que concierne a las actitudes y comportamientos de quienes asisten y de cómo poder mejorar su apoyo, para lo cual nunca se está sobradamente preparado.

Quienes se ofrecen a realizar esta labor de ayuda, normalmente tienen alguna idea aunque sea en la fantasía, de lo que se espera de ellos y cada vez con más frecuencia tienen algún tipo de capacitación. Pero aún en nuestros días, una gran mayoría de las personas implicadas en el mundo del cuidar, funcionan sin ninguna capacitación previa ni prevención de sus posibles reacciones emocionales y sin nadie a quien recurrir para ayuda posterior. En esta categoría están incluidos enfermeras, médicos, asistentes sociales, psicólogos, visitadores, voluntarios, etc., que como asistentes formales sienten la necesidad de algún tipo de apoyo aunque en ocasiones es más fácil ignorar el significado de lo que está sucediendo o distanciarse física o emocionalmente del paciente y de sus familiares.

Quienes atienden a pacientes agonizantes y a sus familiares y apoyan a cuidadores, ya sean profesionales sanitarios o alumnos en formación, no son personas de otro planeta sino profesionales que demandan unos cuidados adecuados para el moribundo, su familia y personas en duelo y es posible que su interés en el tema se fundamente en la insatisfacción experimentada en los ambientes laborales o en su experiencia de vida. Aceptamos la falta de capacitación adecuada y de énfasis en el aspecto emocional del cuidado al individuo sano y enfermo y la inexistencia de un apoyo constante en dichos temas en los curriculum profesionales y cursos de formación de postgrado.

Asistir a alguien que se enfrenta a su muerte requiere no sólo de interés sino de atención y apertura a las necesidades, temores y ansiedades del paciente, de su pareja, hijos, amigos y familiares. Estas metas son difíciles de lograr sin una rigurosa valoración de las causas que motivaron el que seamos cuidadores, así como de nuestras concepciones, fantasías, limitaciones, defensas y estrategias para enfrentarnos a nuestras actitudes ante la muerte y la agonía. De hecho estas suelen ser las principales razones para la configuración de los grupos de apoyo que más adelante desglosaremos y que en definitiva son: crear un lugar de encuentro en un clima de empatía y seguridad en el que seamos capaces de sentirnos apoyados y se nos facilite la expresión de nuestras inquietudes, temores y fantasías en torno al sufrimiento humano así como aprender de los compañeros y de la creatividad del grupo y del compartir.

Al principio las enfermeras, desde que cursan sus estudios, pueden se alentadas por las fantasías de Florence Nithingale de atender tiernamente a todos los pacientes. Pero la experiencia enseña que la ira, el resentimiento, la desesperación y la frustración también forman parte del cuadro. Asistir a pacientes agonizantes y a sus familiares puede ser y de hecho es, una experiencia profundamente satisfactoria y gratificante pero exige de manera inevitable un importante sacrificio emocional ya que nos hace conscientes nuestros miedos más profundos y aspectos desconocidos de nuestra alma. Podríamos preguntarnos entonces: ¿Por qué hay personas que asumen este trabajo?. De hecho, han sido diversas las respuestas obtenidas a dicha cuestión, aunque primordialmente siempre se ha respondido en términos de compasión o del deseo de llegar a los compañeros. Bien es cierto que la labor más importante de los grupos de apoyo es hacer consciente el inconsciente y evitar la gratificación de nuestras necesidades a costa de las de nuestro paciente.

Algunas compañeras de unidades asistenciales y específicamente de cuidados paliativos refieren que el mayor esfuerzo y cansancio que surge al cuidar a un paciente moribundo y su familia es como consecuencia de los aspectos emocionales profundos. Por ello en más de una ocasión les he oído sugerir al resto de los compañeros que se cree algún grupo o reunión en el que estos temas puedan ser abordados. Al igual que ellos, pienso que la configuración de grupos de apoyo puede ser esencial para asegurar un alto nivel de atención al paciente, brindar apoyo psicológico a los profesionales y prevenir su desgaste prematuro (burn-out). Además funciona como un buen marco para que las inquietudes y temores surjan en las sesiones grupales, ayudando a sus miembros a reconocer síntomas incipientes de desgaste , agotamiento emocional, cansancio, irritabilidad con los compañeros y ser alentados a desarrollar habilidades para el manejo de la ansiedad y de la tensión que podrán incluir actividades físicas, adiestramiento en relajación, ampliación de las redes de apoyo social, mejora de las habilidades para administrar mejor el tiempo, etc. Por la importancia de todo ello, hemos de ser en primer lugar cuidadosos a la hora de planteárselo al equipo de trabajo y al configurar la estructura y elementos a considerar. A continuación indicamos algunos factores a tener en cuenta que pueden facilitar la formación de grupos de apoyo:

1. El tamaño del grupo. No ha de ser pequeño pues puede sentirse como amenazante y coartar la expresión de las inquietudes. Tampoco ha de ser excesivamente grande pues puede hacer perder cohesión y conseguir un grado de involucramiento bajo entre los miembros o destructurarse en subgrupos . El tamaño óptimo del grupo suele oscilar en torno a ocho personas.
2. La confianza ha de ser explícita y axiomática. Las reuniones han de ser regulares, privadas, a la misma hora y en el mismo lugar para ofrecer confianza, consistencia y seguridad y elevar al máximo el autodescubrimiento sincero.
3. La asistencia debe ser voluntaria. Pero debe ser percibida como importante y útil por todos los miembros del equipo. Como trabajo que es, ha de estar dentro de la jornada laboral, no debiendo tener lugar durante otros descansos ni a la hora de la comida, puesto que son situaciones sociales apartes.
4. Aunque lo que se intenta es que cumpla una función terapéutica, el grupo está esencialmente orientado hacia el trabajo y por lo tanto el enfoque no será dirigido a la patología individual, por lo que se omitirán interpretaciones que hagan referencia a ellas. La dinámica se centrará principalmente en compartir: problemas, defensas, fantasías e ilusiones.
5. El facilitador/líder del grupo debe estar familiarizado con el trabajo con pacientes agonizantes y sus parientes y amigos, pero ha de ser un extraño al grupo en el sentido de no trabajar al lado del grupo que apoya. Debe haber recibido capacitación y haber tenido experiencias en dinámicas individuales y grupales y sus actitudes más importantes como líder han de ser: Empatía, interés y respeto acompañados de calor humano. Posturas distantes, autoritarias o pasivas difícilmente resultan beneficiosas. La cultura grupal ha de ser facilitadora del autodescubrimiento, donde los integrantes han de ser involucrados activamente, donde la autocomprensión y aceptación de los demás es estimulada.
6. Prerrequisitos a tener en cuenta en las reuniones grupales que favorecerán un apoyo más efectivo. Proporcionar un lugar seguro en el que:
· Se fomente la empatía y no se enjuicie, además de facilitar en los miembros la expresión de sus prejuicios, inquietudes, temores y fantasías.
· Dar la oportunidad de escuchar, tolerar el sufrimiento de los otros, estar satisfechos con uno mismo y valorar el silencio.
· Aprender que los progresos de cada paciente hacia la muerte y su lucha por la vida son únicos y que en ello estamos todos, no existiendo un ellos y un nosotros.
· Expresar nuestros pensamientos “tabú” y compartir la risa.
· Aprender de la experiencia de los demás integrantes del grupo y de la creatividad del mismo.
· Compartir y disfrutar los triunfos, alegrías, logros y esperanzas. 


CONCLUSIÓN

Lejos de intentar construir una teoría abstracta que justifique la necesidad de los grupos de apoyo o de encuentro o de hacer interpretaciones profundas de motivos inconscientes, lo que hemos hecho es acercarnos de manera puntual a una dinámica de trabajo que no está libre de fracasos o deficiencias, que puede ayudarnos a facilitar los potenciales de cada uno de los miembros y del grupo en esta ardua tarea de trabajar con personas agonizantes y sus familiares.


BIBLIOGRAFÍA

ENGEL,G.L. (1964). Grief and grieving. American Journal of Nursing, 64: 93-98. Reprinted in Meyers, M.E.
GARCÍA,A. (1992). Educación de enfermería para ayudar a morir con dignidad. Enfermería Clínica, vol. 1,nº 4: 120-122. Editorial Doyma.
KÚBLER-ROSS,E. (1993). Sobre la muerte y los moribundos. Grijalbo. Barcelona.
MARTOCCHIO,B. (1985). Grief and Bereavement: Healing through hurt, loss through heath. Nursing Clinics of North America 20 (2): 327-341. June.
MURRAY,C. (1978). The psychology of death, dying and bereavement. Reading Mass. Adisson-Wesley Publishing Co. 
NICHOLS,K. (1988). Practising what we preach. The Psychologist,1,2.
PANGRAZZI,A.(1988). Creatividad pastoral al servicio del enfermo. 132-136. Editorial Sal Terrae. Santander.
PAYNE,R.; COZENS,J. (1987). Stress in Health Professionals. Chichester: John Wiley & Sons.
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ROGERS,C. (1987). Grupos de encuentro. H.F. Martinez de Murguía Ed. Madrid.
ROYER,I.W. (1994) Cuidados para los cuidadores: Intervención o apoyo de los compañeros. Libro de Resúmenes.1er Congreso Internacional de Cuidados Paliativos. Madrid.
SCHULZ, (1978). The psychology of death, dying and bereavement. Reading Mass: Addison-Wesley Publishing Co.
SERDAHELY,W.J. (1992). The near-death experience and caregivers: Helping and being helped. 
SHERR,L. (1989). Death, dying and bereavement. Blackwell Scientific Bublication. Osney Mead, Oxford.
WORDEN,J.W. (1983). Grief Counselling and grief therapy. London. Tavistock Publications.

 





Alfonso M. García Hernández
Profesor Titular de la Escuela de Enfermería y Fisioterapia
de la Universidad de La Laguna. Tenerife.
Última actualización: 12 enero 2001

 


 













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