LA MUERTE Y EL MORIR EN LA ADOLESCENCIA
Alfonso Miguel García Hernández
Enfermero. Prof. del Departamento de Enfermería. Universidad de La Laguna


El sol ha hecho un velo de oro
tan hermoso que me duele el cuerpo.
Allá arriba, los cielos lanzan su grito azul.
Por algún error, he sonreido.
El mundo florece y parece sonreir.
Yo quiero volar, pero ¿adónde? ¿a qué altura?.
Si puede florecer algo en un alambre con púas,
¿por qué no voy a poder yo? ¡No moriré!

1944. Anónimo, Una tarde soleada

Como breve aproximación a la adolescencia podemos decir que prácticamente todos los libros de psicología evolutiva dedican una amplia importancia a esta etapa. Siendo las características más sobresalientes, en resumen:

1. Gran labilidad.
2. Descubrimiento del sexo.
3. Crítica a todo lo establecido.
4. Soledad y rebeldía.
5. Funciones de orientación.
6. Autoafirmación y autoestima.
7. Formación de ideales.
8. Maduración intelectual.
9. Establecimiento de una jerarquía de valores.
10. Madurez espiritual.
11. Búsqueda de su vocación y estatus ( Maurer, 1964 ).
12. Egocentrismo versus altruismo.
13. Inseguridad emotiva.
14. Capacidad de abstracción.
15. Esfuerzo por adquirir experiencia.
16. Idealismo.
17. Necesidad de comprensión psicológica.

Dentro de las reacciones ante las señales premonitorias, se halla el temor. El miedo, a diferencia de la ansiedad, tiene un estímulo específico, localizado y conocido. Es posible que el temor sea la respuesta más típica e importante ante la muerte, Kastenbaum (1972). La muerte y el morir elicitan una gama de temores específicos ante la amenaza por sobrevivir. Siendo quizá lo que más repugna a la aceptación de la muerte una alta autoestima. El hombre y la mujer tienen miedo a la muerte física (biológica y/o clínica) y a la muerte social (rechazo de la sociedad); ambas conllevan el dolor físico y psíquico (Kalish, 1966).

Tres niveles diferenciales habría que distinguir en el miedo a la muerte y al morir, con algunos matices específicos en consonancia con la edad, situación, personalidad y religiosidad:

1. Personal: Temor al proceso del morir (dolores, muerte inesperada, latencia prolongada entre una enfermedad terminal y el suceso de la muerte, enfermedades dolorosas, desintegración física, impotencia, invalidez, abandono, soledad...); temor al castigo post-mortem (espiritual o físico); temor a la precariedad económica, social y afectiva de los deudos; temor a la pérdida de la propia identidad; temor a la podredumbre; temor a la ruptura de proyectos; miedo a la agonía...

2. Del otro, especialmente familiares y amigos: Temor a los sufrimientos y duración de la enfermedad mortal; temor al moribundo; temor a los funerales y situación de duelo; temor al muerto; temor a visitar enfermos en situación terminal; temor a la ausencia y a sentirse abandonado; temor a la separación; temor al espíritu de los muertos.

3. Miedo a objetos, lugares y situaciones que recuerdan la muerte y el morir: Cementerios, féretros, hospitales, color negro, etc.

El adolescente a diferencia del niño acepta que la muerte es inevitable y el final de todo; no obstante la ve como algo lejano y que a él no le atañe (Grollman, 1974). Sin lugar a dudas: el grado de desarrollo, el tipo y maduración de la personalidad, las experiencias vitales y el nivel de comunicación pueden influir decisivamente en la configuración en la actitud del adolescente ante la muerte (Kastenbaum, 1977; Lomry, 1966). 

Formadas ya las actitudes ante la muerte, no son ya un pensamiento aislado. El adolescente coordina los componentes que delimitan la configuración de la muerte y el morir (Maurer, 1964; Riegel, 1973; Blacke, 1970; Salter y Salter, 1975).

La relación existente entre la preocupación ante la muerte y la percepción del futuro personal se manifiesta en que los adolescentes y las adolescentes no tienen interés por los temas relacionados con la muerte, conciben su futuro como lejano, lo contrario ocurriría en los que puntuaban alto en preocupación por la muerte en una encuesta realizada por Dickstein (1977-1978)

La muerte y sus consecuencias personales, en cambio, les preocupa; la razón que apunta Jackson (1974) es que con ello explayan su sentido narcisista. Entre el nivel de autoestima y la ansiedad ante la muerte poseen una relación negativa (Davis y Martin, 1978).

Sabatini y Kastenbaum (1973) afirman su sorpresa por la gran cantidad de adolescentes que piensan morir jóvenes de modo violento (¿idealización?, ¿desesperación?, ¿huida de la realidad?...).

Dentro de la literatura psicológica, existen autores para quienes la mayoría de las conductas del hombre y de la mujer son consecuencia directa del problema irresuelto de finitud y de la muerte (Feifel, 1969, 1977, 1981) ; sin embargo otros opinan que el miedo puede influir en los desórdenes psicosomáticos y en la depresión (Feifel, 1977, 1981; Meyer, 1975). Cierto tipo de temores intensos y fantasías sobre la muerte son prominentes en la psicopatología; las ideas sobre muerte son muy frecuentes en algunos pacientes neuróticos, en variados síntomas psicosomáticos, en las alucinaciones de muchos pacientes psicóticos y en la demencia senil (Feifel y Nagy, 1981). Estos autores en un trabajo realizado describieron que las personas con alto miedo a la muerte difieren significativamente de quienes tienen un temor medio o bajo, además de mostrar un temor creciente a medida que se hacen más viejos y son menos religiosos.

Según estas teorías, el temor a la muerte y al morir, pueden tener importancia relevante en aspectos de la personalidad y más concretamente en la emotividad general. Stekel (1949) llegó a afirmar que todos los miedos son miedo a la muerte, citado por Feifel (1977). La función del miedo a la muerte es biológica o protectora de la vida (Hinton, 1974). Las consecuencias del temor a la muerte pueden relacionarse con la muerte propia, de otros y/o a los efectos que puede producir la muerte. Ahora bien, los conceptos sobre la muerte son dinámicos; de ahí que los miedos relativos a la misma sean variados y cambien en intensidad y dirección según las circunstancias (Kastembaum, 1972). Considerándose a veces la muerte y el morir como alivio del dolor (Feifel, 1956). El miedo a la muerte propia y de los otros, va asociado al proceso del morir, a la otra vida y a la extinción (Kastembaum, 1972).

El mayor grado de autoestima suele positiva y significativamente con el temor a la muerte, debido a que la muerte constituye una gran amenaza de la propia extinción. Correspondiendo en gran medida con la teoría freudiana de que el yo retiraría sus categorías narcisistas (Spilka y Pellegrini, 1967).

Religiosidad y ansiedad están íntimamente relacionadas. Las crisis frecuentes que hombres y mujeres sufren durante sus vidas le provocan estados emocionales diversos. Pero la crisis por excelencia, la más fuerte, es la muerte. Malinowski (1965) sostiene que la religión desempeña una función mitigadora en tales crisis. La religión, afirma, es el gran remedio a la ansiedad; es más, la muerte es quien mayores trastornos y desorganización produce en los cálculos de hombres y mujeres y acaso sea el principal origen de las creencias religiosas. Las creencias religiosas son las que llevan al individuo a una restauración de la normalidad. Leming (1975) argumenta que la religión institucionalizada produce ansiedad manifiesta ante la muerte; por contra, la religión individual incita a una ansiedad latente. Los trabajos que en esta línea se han realizado son contradictorios, siendo posible la explicación esté en que la religiosidad puede influir o atenuar la religiosidad ante la muerte (Fulton, 1974) bajo diferentes condiciones y situaciones. Individuos ambivalentes en la religiosidad manifestarán mayor ansiedad ante la muerte que aquellos con una religiosidad débil o fuerte (Nelson y Cantrell, 1980) los cuales concluyen que la ansiedad y la religiosidad ante la muerte mantienen una relación curvilínea. Aún así , en general, no se han encontrado correlaciones significativas entre temor y religiosidad en personas jóvenes y de mediana edad. Aunque las personas que más temor y preocupación tienen ante el dolor de la enfermedad terminal y el proceso degenerativo personal son las que más bajo puntúan en religiosidad intrínseca ( Urraca, 1982) de igual manera que las que han asumido más profundamente su religiosidad intrínseca tienen menos prevenciones para comunicar sus sentimientos y actitudes acerca de la muerte y el morir (que sujetos de religiosidad intrínseca baja y media). 

Cuando los adolescentes adoptan posturas de ansiedad obsesiva, estas pueden conducirles a comportamientos inadaptados (Jackson, 1974; Grollman, 1974). No obstante, un miedo y ansiedad prudenciales puede hacerles valorar más la vida.

Algunos pensadores como Ohyama y otros (1978) afirman la importancia que adquiere la muerte para estudiar el resto de los aspectos evolutivos de la adolescencia.

La muerte puede significar para el adolescente un escape para situaciones intolerantes, un castigo, una aventura atractiva (Hogan, 1970; Greenberger, 1961).

Un gran problema radica en que la ansiedad ante la muerte se ha considerado como rasgo de personalidad, más que como estado. Cuando lo que realmente es relevante es el estado de ansiedad general, no el rasgo (Pinillos, 1975; Bermudez, 1977). En la mayoría de los estudios realizados no parece que tenga mucho que ver la variable edad con la de la ansiedad ante la muerte. En general no hay diferencias entre los grupos de edad y la ansiedad ante la muerte (Pollak, 1979-1980; Jeffers y otros, 1965). Se sugiere que la ansiedad ante la muerte es sensible a sucesos ambientales en general y al impacto de relaciones interpersonales en particular (Templer y otros, 1976).

En un estudio realizado por Farley (1971) sobre una muestra de adolescentes encontró que existe ansiedad ante la muerte significativamente mayor en las clases de estatus socioeconómico más alto, sin embargo, Pandey y Templer (1972) no encontraron relación significativa.


A manera de breve resumen.

Cuando el niño o la niña entran en el umbral de la adolescencia, de los doce a los diecisiete años, se encuentra entre la infancia y la edad adulta. Su capacidad mental en lo que respecta al uso de abstracciones, puede estar ya perfectamente formada. De hecho el talante especial de la adolescencia, se caracteriza porque su actividad intelectual es en gran parte abstracta, poco productiva, no traduciéndose en actos concretos. El y la adolescente pueden ser ya biológicamente maduros y tener un tono muscular y una fuerza física del adulto. Es ya capaz de independizarse y de hacer valer sus propios derechos, pero estos atributos no han pasado aún por la prueba de la experiencia personal.

Caracteriza al preadolescente y al adolescente el esfuerzo por adquirir experiencia. Todo lo que sucede lo enfoca de una manera muy personal y su respuesta muestra que cree que su experiencia es única en los anales del devenir humano. Si se enamora el suyo es el gran amor de la historia, aunque pueda desplazar el foco de su amor sin perder aparentemente su equilibrio interior. Esta cualidad narcisista también afecta a su actitud ante la muerte. Como está en el empeño de crear su propia filosofía de la vida, tiende a expresar dicha actitud ante la muerte mediante un interés explícito por lo que la muerte significa para él y ella y para su vida futura.

Muchas obras del arte y de la literatura importantes han sido producidas por jóvenes durante este periodo de exploración emocional. La Thanatopsis de Bryant; la Renascence de Millay, y el ciclo de “lieder” de Schubert son buenos ejemplos de lo que decimos. 

Cuando se tiene un miedo saludable a la muerte, ello puede conducir a valorar en mucho la vida. Pero cuando se mira la muerte con ansiedad puede seguirse comportamientos inadaptados y amenazas abiertas o encubiertas contra la vida. Los juegos con armas de fuego y automóviles, reflejo de esa ansiedad, pueden contribuir a la destrucción de vidas humanas.

Durante esos años es posible que los jóvenes y las jóvenes mantengan, generalmente, entre ellos mismos significativas conversaciones sobre la muerte, la agonía, los gestos eróicos. De ahí tal vez surja el idealismo que permite sacrificarse por grandes causas o consagrar la vida a ideales humanitarios. Muchas de estas conversaciones serán intentos experimentales y verbales de adquirir perspectiva acerca de ciertos temas; gran parte de lo que en ellas se dice tendrá caracter de ensayo y exploración más que de afirmación madura y definitiva. No obstante el proceso de exteriorizar los sentimientos es de gran importancia para el desarrollo hacia la madurez y hacia una visión más matizada de las cosas.

Tengamos en cuenta que los conceptos definitivos que se forma el joven y la joven serán básicos para su vida ulterior. Cuando subsiste en él y en ella la necesidad de calor humano, de información, de perspectiva social y de comprensión psicológica, todas estas necesidades son integradas en una filosofía de la vida que será base y guía de su comportamiento en relación con la muerte.

El adulto atraviesa etapas en su desarrollo emocional. Si su experiencia ha sido saludable y sabia, será capaz de enfrentarse serena y equilibradamente con la muerte. Pero si sus confrontaciones con la muerte en el pasado han estado marcadas por la ansiedad, el engaño y la falta de adecuación emocional, se aproximará a cada nueva experiencia con una gran carga de vulnerabilidad y desorientación. Y estas experiencias, lejos de reducir su dolor personal y sus emociones, lo amplificarán.

Una puntualización

A los adultos a menudo nos falta experiencia y no sabemos como orientar el diálogo. Por ello es importante que nos cercioremos de que es lo que pregunta en realidad la muchacha o muchacho. Para ello nos puede resultar útil que preguntemos a su vez ¿Qué quieres decir con eso? o puntualizar, lo cual es más útil: Dime que es lo que en verdad te preocupa, ¿quieres?. Siendo capaces de precisar la pregunta será comúnmente más fácil de responderla que si la dejamos vaga y general.

Reglas sencillas y conclusión

1. No tratar de engañar.
2. Procurar dar a las preguntas, respuestas simples y directas. 
3. Intentar comprender el contexto emocional y el grado de desarrollo de él o la adolescente para responder a sus preguntas adecuadamente.
4. Permitirle que participe en funerales, puesto que le gusta tomar parte en los acontecimientos importantes de la vida familiar de acuerdo con su grado de comprensión. 

Los buenos o malos efectos de la experiencia vivida por el o la adolescente influirán por mucho tiempo en su vida. No le obliguemos a enfrentarse con la muerte en la conversación o en la ceremonias del funeral o del entierro. Pero si parece no mostrar una curiosidad que es normal, ello puede ser señal de que ya la muerte ha provocado en él o ella más ansiedad de la que es capaz de soportar y por eso finge de que no le preocupa el problema. Los adultos, padres y madres debemos acercarnos a niños y adolescentes con tranquilidad y acomodarnos a su nivel de interés y preocupación. Ello no sólo les ayudará a adquirir unos conocimientos y sabiduría trascendentales para su salud interna y emocional, sino que nos ayudará a que aprendamos a ser más sinceros con nosotros mismos y con nuestros sentimientos íntimos, si nos esforzamos por tratar con toda franqueza a nuestros hijos.


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