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« : 11 de Agosto de 2008, 14:56:28 »

ZEITGEITS. (Enviado por: Cristian Zigulin, Río de Janeiro, Brasil, 8 de junio de 2006)

Es mentira que vamos a morir. Siempre estuvimos muertos.
Cuando todo comenzó, estábamos muertos.
Y de repente aparecemos por ahí, dentro de lo que llaman mundo.
Puedo ver nuestras mentes idiotas, el retraso en que vivimos.
Y me excluyo, de lo físico, de la escritura y la palabra.
Lo que me molesta es la impostura y la acción de arrojar nuestra esencia, al cielo, a un dios o a las estrellas.
Es raro, pero lo veo siempre a mí alrededor.

Lo veo cuando me levanto y me asomo por la ventana. Y por abajo andan como gusanos, arrastrándose, caminando bajo el sol de otoño, fumando un cigarro, tomando la leche con facturas, o durmiendo en la calle, indiferentes, como si todo fuera perfecto. Cuando alguien putea a un desconocido que iba a contra mano en bicicleta. Cuando furiosos pierden la hora del subte y llegan tarde a su propio entierro.

Lo veo en el ómnibus, diariamente, cuando se llena de ojos extraviados, de ropas sucias manchadas de vómito sin olor, de inflamaciones cerebrales solo ocasionadas por el alcohol de la noche anterior y cuando todos los zapatos horribles extienden sin sentido alguno el camino de las personas que no saben a donde van.

Lo veo en mi trabajo, cuando copian, pegan y espejan todos los días la misma historia en una computadora, sin pensar en lo inmediato, cuando hacen horas extras para no mirar  el fondo del vaso, para no encontrarse con ellos mismos y se disgregan con pasos vacíos hacia el baño para cagar como todos los días, y se limpian el culo sin problemas con el mismo papel de todos los días.

Lo veo en los bares cuando bebo mi cerveza y fumo mi cigarro, ajeno a las discusiones de café. No les importa como funciona nuestra sociedad, lo que pueden cambiar al otro día. Se inscriben como vacas esperando, nada, ni siquiera ser estrangulados, o muertos por un martillazo eléctrico. No les importan los asesinatos, los muertos de hambre, los que no tienen donde dormir. No quieren ver más allá de la televisión. Se emborrachan y vomitan su día entero, no dejan nada dentro para poder evolucionar. Al otro día es foja cero. Todo comienza de nuevo simplemente como si nada hubiese pasado.

Lo veo en las fiestas de casamiento, de cumpleaños, en todas las fiestas de fantasía. Con ropas bonitas y un peinado alentador. Con la sonrisa dibujada por un artista plástico un mes anterior. Cuando se levantan y se sientan y acomodan carne jugosa de sangre en la boca y mastican y tragan, y mastican y tragan, y mastican y tragan. Sin preguntarse donde están los olores y los sabores de los instantes.

Lo veo cuando tienen hijos como si fueran muñequitos de peluche, y se ríen. Y le inyectan en el cerebro leche podrida y le meten comida contamina, envasada en tarritos multicolores. Cuando los abandonan dentro de una bolsa plástica flotando en algún río. Cuando los venden por amor o por dinero, que no sirve para lavarse los dientes carcomidos. Cuando los peinan y los visten, o los desvisten, para que tengan sexo en una calle llena de de consumidores de piel lisa y sucia.
Lo veo cuando rezan por más de dos mil años a un dios crucificado, y no quieren asumir el compromiso de vivir su propia existencia, y dejan su vida dentro de una gorda iglesia dorada, de una doctrina que se extendió asesinando gente y con el poder de la pólvora, redujo, los modos de pensar. Cuando los presidentes occidentales en nombre de ese dios y de la democracia,  justifican la guerra, el hambre y la destrucción.

Lo veo cuando salen de putas a los bares tropicales y pagan una dosis de cerveza y compran una chupada de verga,  por que sus esposas no se quieren tragar la leche diciendo que eso es asqueroso, pero que cuando ven una película pornográfica no dejan de desear ser sometidas a golpes y violaciones. O cuando se hacen romper el culo por un travesti en una loca noche de hotel, de “champan y cocaína”. Pero mañana por la mañana, saludan de traje y corbata por la calle a los vecinos y se suben a su auto importado con una faja en el pecho que dice Sr. Presidente, o Sr. Concejal, o Sr. abogado, o Sra. Doctora, o Sr. Padre.

Lo veo cuando nadie se compromete con lo que lo rodea, cuando piensan que “el sistema” esta corrupto y no saben que ellos mismos son los corruptos que hacen al sistema, que se adelantan en la fila, que saludan a un conocido y bajo cuerda, pueden negociar dinero sucio sin pensar en su propia especie. Cuando dicen que los políticos son unos desgraciados y no saben que hacer política es hacer  todos los días cosas chiquitas como no arrojar papeles al piso. Que así como eligen a un representante también pueden derribarlo, así como se unifican para botar se pueden unificar para quitar y exigir la ausencia de un representante.

Lo veo cuando le miran el culo y las tetas a la vecina, cuando se acuestan por la noche y tienen sexo con el cuerpo y la cabeza en otro supermercado, y se comen los mocos y se meten el dedo en el culo y se rascan las bolas y se sienten el olor, y se rascan la cabeza, y se cortan las uñas de los pies, y se meten un hisopo en la oreja y se comen las lagañas de los ojos y se pasan las manos por la cara y se sienten su propio olor a mierda. Cuando se masturban mirando una revista o un monitor. Cuando sonríen de los animales atrapados en un zoológico.

Lo veo cuando los uniformados que cargan un arma especial, llegan a los barrios humildes y meten bala en la cabeza, solo, por una cuestión de venganza, solo, por una cuestión de números más. Cuando compran las armas y las drogas, y fuman y beben whisky importado en lujosas salas de aduana, con un cartoncito institucional pegado en la solapa.

Lo veo en los diarios cuando los periodistas alienados nos dan la noticia errada, cuando firman un convenio popular y lo venden a la vuelta de la esquina por un salario  acomodado. Cuando nos informan que tenemos los días contados y los años envenenados. Cuando pronostican los datos del tiempo.

Lo veo cuando en la fila de los hospitales públicos, los viejos se cuentan todas las mentiras, se inventan situaciones de confort para resistir toda una noche entera durmiendo en el suelo, para recibir un papelito con un número, un sorteo para el alivio del dolor. Cuando las formulas matemáticas y el bisturí se visten de blanco.

Lo veo cuando quedo atrapado en los embotellamientos y a través de los vidrios, de los reflejos, aparecen esos ojos muertos mirando el vacío de la nada por más de dos mil segundos, cuando cruzo la calle roja de sangre, marcada por un asesinato colectivo.

Lo veo cuando me voy a dormir y cierro los ojos y la mañana siguiente me levanta de una trompada y me exige, que me aliene a los códigos de la humanidad.
Es mentira que vamos a morir.
Siempre estuvimos muertos.
Y me excluyo, de lo físico, de la escritura y la palabra.
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