Cuentos y Relatos

El Abuelo Imaginado

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EL ABUELO IMAGINADO. (Enviado por: Silva Tizio, Buenos Aires, Argentina, 25 de abril de 2005)

Los días se sucedían apacibles pero implacables y, aunque Ricardo ya había tomado la decisión, sabía perfectamente bien que el tramo final sería el peor. No por la enfermedad en sí, que apenas comenzaba, sino porque debería despedirse en silencio y sin señales visibles de aquellos a quienes más amaba, uno por uno: de su mujer, de sus dos hijos varones que transitaban la adolescencia, de algunos de los más entrañables amigos de Tribunales que, en rigor de verdad, no eran demasiados.

La idea de resolver las cosas pendientes era el último y frágil hilo que lo ataba a la vida. Había que arreglar sin demora el tema de los papeles, la cuenta del banco – del que era el único titular – la venta del auto…en fin, posiblemente todo esto lo mantendría al menos algo ocupado.

Sólo rogaba – cuando jamás antes había rezado – que su agnosticismo se hiciera a un lado y lo abandonara porque la decisión del suicidio era de todas las decisiones la más solitaria que la había tocado tomar en su vida. El socialismo que profesaba de joven nunca había mencionado la muerte sino la vida y tal vez fuera por eso que no encontraba modo alguno de refugiarse en sus antiguos ideales.

Ricardo comprendió que necesitaba por primera vez la presencia de Dios, pero Dios demoraba inexplicablemente su llegada…la mesiánica cercanía.

Un domingo, como otros domingos, cargó a los dos varones en el auto y los llevó consigo a un paraje desolado, bajo el puente del ferrocarril. El pretexto era jugar con ellos a la pelota pero lo que en verdad perseguía era robarse para siempre la sonrisa pintada en la cara de esos dos chicos de pantalón corto. Quería evitarles, a ellos y a su madre, el sufrimiento y la angustia de tener que asistir al deterioro físico que le provocaría, a muy corto plazo, la incurable enfermedad que cargaba.
Su mujer, en cambio, había adoptado en los últimos tiempos un gesto desconocido, sombrío, poco frecuente. Ella no hacía preguntas y en varias oportunidades Ricardo la había sorprendido mirándose de frente al espejo con la mirada clavada en algún punto incierto.

– Pilar sospecha, porque Pilar siempre sabe todo –concluyó sobresaltado. Era imperioso no demorar lo inevitable, entonces cargó su pistola en el auto ya vendido, tomando el recaudo de dejar una nota. No quiso crearle inconvenientes legales al flamante dueño.

Detuvo el auto en un paraje solitario del bosque, miró por última vez el cielo y lo encontró más extraordinario que nunca. Empuñó el arma firme, con su mano derecha y descerrajó, sin más, dos tiros en su boca abierta. Murió en el acto.
Dios comprendió la decisión del hombre que se quitó la vida por amor a los suyos. Su hijo más pequeño – sin embargo – no pudo jamás hasta el día de hoy acertar a perdonar la pérdida y quedó abandonado tal vez para siempre.
El niño es mi padre que hoy cumple ochenta años y Ricardo… mi abuelo, a quien no pude, por los caprichos del tiempo, de la vida y de la muerte, conocer.

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