Cuentos y Relatos

En El Silencio Te Amaré

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EN EL SILENCIO TE AMARÉ. (Enviado por: Sarko Medina Hinojosa, Arequipa, Perú, 25 de julio de 2005)

Ya que acaba de pasar todo ¿Qué puedo decirte? Empezar por relatar lo que vivíamos es absurdo. Pero Ericka, es imposible no explicar el “porqué” de esto. Primero dime: ¿Cómo es posible que en un cuerpo tan chiquito y bonito pudiera caber tal cantidad de palabras?…

Y es que lo largo de nuestra relación no hubo día en el que tu no dejaras de proferir alguna frase, alguna oración, algún sonido, y sí, yo te ayude con mi parca manera de contestarte “sí”, “no”, “no sé”, “bésame”, “sangras”, “corre”, “¡CALLATE!” y cosas así. Hablabas tanto por esa bazooka de bulla, esa que se formaba en tu rostro y que en
seres normales se llama boca y que a mí me provocaba una curiosidad de padre y señor mío el hecho que se distendiera hasta convertir sonidos graves en estridentes y continuar a un ritmo de acelerado movimiento por horas y horas hasta que…

Bueno, en fin, como te decía, me disgustaba el sonido de tu voz tanto como tus rostros “para cada ocasión” como te gustaba llamarlos. Con tanto tiempo juntos, aprendí a conocerlos todos y comprobar que estaba parametrados. Como tu rostro de hambre, tu rostro de sueño para mis arranques de pasión, ese también de asco ante los de tu raza, uno exquisito que ponías antes de entrar a mi cuarto, y mi preferido: tu rostro de hipocresía carismática cuando nos encontrábamos con alguno de mis “importantes amigos”.

¿Por qué eras tan creída de mí? Si sabías mi realidad de vago alcohólico de fin de semana, que solo fingía llevar una vida de
gerente junior que no me iba, que lo que de verdad me atraía, era jugar con tus muslos a ponerlos morados a punta de tanta fricción y pellizcos.

Como odiabas ¿Te acuerdas? Mi sacón de pana raído y mis guantes de cuero, sííííí, te acuerdas porque con ellos te raptaba a veces a la salida de tu trabajo para irnos a tomar en algún guarique nuevo que hubiera descubierto en mis travesías nocturnas. Si que tienes presente eso, aunque no quieras decir ni pío ahora y recuerdas, además, como te
dolía no poder decir nada cuando alguno de mis amigos te preguntaba por qué no asistí a su última reunión, o al almuerzo de alguna compañera del Banco. Fingías, cuando la verdad era que utilizaba ese tiempo para recrear con tus muñecas y tobillos una sexual crucifixión en el madero de mi cama.

Ahora que se me viene a la memoria te contaré algo: llegué a saber de tus chismes Erickita, llegué a saber TODAS las conversaciones con mis amigos y familiares, pero me dieron risa, mucha risa ¿Sabes? Y es que
a ellos no les importaba que me cocinara en alcohol, con tal que aparentara sobriedad los días laborables. Lo peor es que ni en secretos de alcoba dejabas de ser bocona ¿No maldita!!!.

Pero ¡Por qué lo hacías?… No te preocupes, yo respondo por ti. Porque querías asistir a las fiestas de las que tanto se comentaba en mi círculo y a las que nunca te llevé, lo hacías para ver si cambiaba y dejaba de utilizar tu cuerpo como redondel de puntería para mi pistola de perdigones. No te gustaba ni un poquito que los domingos me especializara en crear marcas deliciosas en tu piel con las bolitas duras.

Ericka, mira, lo que no entendías que quería era que dejaras de atormentarme con tu maldita y chillona voz de escape malogrado,
haciéndome recordar con tus empalagos enfrente de mis amistades lo mucho que te quería. Porque aún con tu boquita de cocodrilo, yo te quería ¿Por qué entonces crees que te pedí matrimonio, eh? Aunque ahora que lo pienso, no debí hacerlo, ya que se enteraron en exactamente veinticuatro horas después, un total de setenta y seis personas, las que se quintuplicaron a lo largo de la semana. Yo te advertí que en boca cerrada no caen golpes y tu dale que dale al chisme.

Te enfrascaste en contradecirme y hablar de la boda con tus parientes de la selva, invitándolos. Y el acabose final fue cuando mis hermanas y tus amigas te hicieron la despedida en ese salonzazo con periodistas incluidos. Esos tipejos en sus páginas de sociales resaltaron el “amor que nos teníamos”… ¿A quién diablos le podía interesar lo nuestro, ehhh, dime? Pero no sé porque me parece que lo hiciste para retarme, para ver si cumplía con mis amenazas… y te he demostrado con creces que las cumplo.

Me parece que te estoy aburriendo con este monólogo y no quiero que te canses. Una cosa antes de desaparecer tu cuerpo: ¿Por qué siendo tan habladora, alaracosa, gritona, metete, figuretti, chismosa y rejodida, no has gritado a lo largo de estas tres horas mientras te acuchillaba tantas veces?… Te hundí trece veces el puñal en diferentes partes, y tu sabes que sólo en el de la mala suerte, te clavé mortalmente, tú lo sabes (…) ¡Ves! Al final comprendiste que lo que más aprecio es el silencio, ahora sí mereces que te ame amor mío.
 

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