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Día de muertos: Posdata. Alfonso García.

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Pasados ya los días de piadosos recuerdos y rememoraciones del Día de difuntos, y de Todos los Santos, quiero haceros llegar a modo de postdata unas breves reflexiones en torno a la muerte, el morir y nuestros muertos. Al margen de que siempre estemos rodeado de nuestros “supervivientes difuntos” y de que nuestra experiencia de muerte esté vinculada a mi juicio más a nuestra experiencia de vida en la que contamos con “nuestra muerte” en vida, aunque esta experiencia esté algo reprimida natural o culturalmente.

Nuestros antepasados constituyen el agente histórico más importante, corroborado en la frase de Augusto Comte, según la cual el curso de la historia universal se haya determinado y apoyado cada vez más en los muertos y cada vez menos en los vivos, y que al margen de universalismos ha encontrado su encarnación metafísica en el pensamiento de diversos pueblos, mediante el culto a los antepasados, mientras de reojo el hombre moderno intuye y experimenta su propia vida y su propia muerte, aunque curiosamente la represión de la muerte ha nacido del nuevo ídolo del progreso, o como un proceso de adaptación de la vida a su medio, realzado en reality shows cual noticiarios.

Nuestra sociedad es consciente de haber cometido la doble falta de no reconocer la muerte sino allí donde exista un cadáver, y de haber confundido la muerte misma con la muerte individual. Existe una muerte, como fenómeno absoluto, vinculado a la esencia de lo vital y a todas las formas unitarias de lo vital. Existe así una muerte individual, y una muerte de las especies y de los pueblos.

Y no es que el hombre se halle ante el hecho asombroso de responder a la cuestión de si va a existir después de muerto, y de qué va a acontecer después y, de cuál es el destino que le aguarda; no es nada de esto lo que ha hecho naufragar la creencia en la supervivencia, ni lo que nos ha llevado a tan magnas celebraciones por estos días habituales, sino más bien la relación del hombre moderno con la muerte misma, que ha ido palideciendo en la cultura occidental, pues no hace gran caso a la supervivencia, fundamentalmente porque niega en el fondo y en la superficie la esencia de la muerte.

La muerte no es, por tanto, simplemente una parte empírica de nuestra experiencia en palabras de Max Scheler, es la esencia de la experiencia de toda vida, inclusive de la nuestra propia, al hallarse dirigida hacia la muerte. La muerte pertenece a la forma y a la estructura, únicas en que nos está dada cualquier vida, la nuestra como otra cualquiera, y esto desde dentro y desde fuera, en un marco que pertenece al cuadro mismo, y sin el cual no sería el cuadro de una vida, que va más allá, y que está abierta por naturaleza a cada una de nuestras vivencias.

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